¿Qué entendemos por pacto social?
Es la capacidad de ponernos de acuerdo a nivel de las políticas del Estado, que tengan impacto a 20, 30 años plazo, en materias macro muy importantes, en materia económica o política institucional muy relevantes. Cuando hay un convencimiento profundo de los actores políticos, de los líderes de opinión, de los dirigentes de cualquier naturaleza, de que hay una oportunidad o una necesidad de pensar hacia delante temas importantes. Eso es lo que se entiende por pacto social, es lo que hemos estado hablando nosotros como Gobierno y es lo que ha planteado la Presidenta Michelle Bachelet.
Un pacto social implica dos cosas: la capacidad de ponerse de acuerdo, de conciliar voluntades distintas, pero lleva a contramano, y a veces se pierde en el tráfago de la discusión, la capacidad también de ceder. Entender de que mi posición, lo que yo entiendo debe hacerse en este país no va a ser necesariamente compartida por el resto de los ciudadanos y para eso los 16 millones de habitantes de este país cuentan con dirigentes, con representantes gremiales, políticos, sociales, religiosos etc. Tenemos que entender que para llegar a estos pactos sociales no parto de la verdad absoluta y no voy a poder lograr lo que quiero en un 100%.
En el acuerdo sobre la reforma educacional, si ustedes revisan la posición de la Concertación, la de la Alianza por Chile, la del Colegio de Profesores, la de algunos académicos, hay visiones distintas respecto de temas muy fundamentales. No se concentraron solamente en el lucro, en la selección, que era lo que representó la prensa, lo que a priori todos pensamos que iba a ser la discusión más grave. Hubo discusiones más profundas con relación a cómo dar cuenta de los repitentes, del currículo de estudio, del proyecto de enseñanza del proyecto educativo de cada uno de los establecimientos educacionales. Si ustedes hablan con algunas personas que participaron en esas discusiones, esos fueron los temas más relevantes.
Con esto quiero explicar que hay que tener la capacidad para entender que los resultados no siempre van a ser lo que yo quiero, pero lo fundamental es una vez que se llega a ese pacto social, no sacar ventaja tampoco de que se impuso una visión. Eso es algo que se pierde a ratos en la discusión que tenemos hoy día en Chile. Cualquier acuerdo que se logre tiende a estar teñido de la ventaja, de quién estuvo más, quién se vio más, o cuál fue el que perdió.
Un pacto social de verdad no se va a lograr construir si lo que está después del el trabajo duro que es ponerse de acuerdo no se relaciona con mantener ese espíritu en lo largo de la implementación de aquello.
La empresa internacional está repleta de gestos de pacto social. Por ejemplo, el pacto de la Moncloa del año 77 en España, luego de la muerte del General Franco. Ahí el Presidente Español Adolfo Suárez tuvo la capacidad de poner de acuerdo a la clase política española, no solamente fueron los empresarios de los sindicatos, sino que también fue la clase política en su conjunto, incluido el Partido Comunista. Estamos hablando de la España de fines de los 70, que tuvo la capacidad, la clase política de incluir en las negociaciones para un pacto económico con consulta al país, así como una reforma a la Constitución, en la cual el Partido Comunista con don Santiago Carrillo y el eurocomunismo, fueron capaces de ponerse de acuerdo en esa España.
Ejemplo similar, más moderno y más reciente es lo que ocurre en Irlanda. El milagro irlandés tiene muchas explicaciones como todo en la vida, no hay una variable única, pero un punto fundamental es a partir de 1987. En un país con un crecimiento bajo, con un desempleo sobre el 17%, con un déficit fiscal sobre el 12%, con un desempleo sobre el 12%, fueron capaces de ponerse de acuerdo a través de un Consejo Económico Social, constituido para el efecto. Ellos fueron capaces de ponerse de acuerdo en un sinnúmero de temas importantes que han permitido a Irlanda estar donde está.
Junto con otro tipo de temas, buenas políticas de estimulación económica, buenos incentivos para el tema tecnológico, buenos incentivos para la llegada de la inversión extranjera. Pero no todo eso explica por sí solo lo que ocurrió en Irlanda.
Un ejemplo similar tenemos en el caso de Finlandia. A partir del año 95, 96, un país pequeño, abierto al mundo, con pocos habitantes, que hace una apuesta a partir de un diálogo de la sociedad y un acuerdo de las fuerzas políticas.
¿Qué es lo relevante de estos tres pactos, España, Irlanda y Finlandia? En ninguno de ellos ha cesado la política, en ninguno de ellos alguien se ha planteado renunciar a ser alternativa de gobierno, en ninguno de ellos la coalición gobernante decidió que iba a dar un paso al costado o que no iba a seguir bregando para contar con la credibilidad y el apoyo de los ciudadanos. En todos hubo la capacidad de distinguir lo que es el día a día de la política y las legitimas aspiraciones de ser gobierno, de distinguir aquellas 3 ó 4 cosas fundamentales que nos van a permitir como país seguir siendo cohesionados, poder insertarnos en el mundo y llegar a alguna parte. Eso es lo que se encuentra en esos casos. El de España es el más patente de todos: Una península ibérica que estaba completamente aislada de Europa se logró incorporar. Ciertamente con la ayuda de los contribuyentes europeos, porque hubo mucha ayuda, pero fue la capacidad de la clase política española de entender de que para ser respetados afuera tenían que respetarse a ellos mismos primero y tener un espacio en el cual desenvolverse.
Eso deja esa lección de España y creo que debemos tenerlo presente cuando hablamos y escribimos muy sueltos de cuerpo que queremos un pacto social o por qué no queremos un pacto social o las razones por las cuales desechamos un pacto social. Reitero: un pacto social no implica renunciar a ser gobierno, renunciar a fiscalizar, a criticar, implica ser capaces de identificar 3 ó 4 temas, ponernos de acuerdo en éstos, no sacar la ventaja pequeña y mantener esa visión por un período prudente de tiempo.
En Chile tenemos experiencias recientes de pactos sociales. Hay un pacto social implícito durante todos los 90 en la llamada democracia de los acuerdos. Eso tiene muchas razones, seguramente los historiadores, los cientistas políticos van a explicar muchas causas de por qué tomamos ese camino. Una es porque la coalición que ganó el año 90 no tenía mayoría en el Senado, producto de los senadores vitalicios designados. Se tenía que llegar a acuerdo para desarrollar un proyecto de ley porque aunque se lograra la mayoría de los votos de los senadores, estábamos en minoría para aprobar una simple legislación. Pero no será menos cierto que la oposición, producto de lo que habíamos vivido, de la mochila que traía, también estaba más dispuesta a llegar a acuerdo.
Si Chile ha hecho esta transición de 16 años fue producto de la democracia de los acuerdos, de la capacidad de sentarnos a conversar de temas fundamentales. ¿Quién no se acuerda del rol que jugó el senador Allamand en su oportunidad? Los roles que jugaron ministros como Boeninger, Correa; la amplitud de mente y el criterio de los presidentes Aylwin y Frei durante todos los 90. Lo difícil que fue cuidar esa transición política desde un régimen militar complejo con toda la presión que había. Digamos las cosas como son, acá hubo situaciones delicadas institucionalmente hablando, boinazos, ejercicios de enlace, situaciones complejas. Pero fuimos capaces de manejarlo.
Creo que esa democracia de los acuerdos demuestra la capacidad de ponerse de acuerdo en temas fundamentales que le dan estabilidad a un país. Buena parte de lo que hemos hecho posibilita esta imagen de los indicadores internacionales, ese país con el cual Estados Unidos, Europa o Japón deciden tener un acuerdo de libre comercio. Si lo quiero ridiculizar lo rebajo a un mercado en el cual intercambio autos por vino. Es más que eso. Al final del día, los tratados internacionales son cesiones de soberanía.
Qué países como Japón, Estados Unidos o la Unión Europea decidan sentarse a la mesa, de igual a igual, a un país de este tamaño es porque algo tenemos que aportarle, no lo complicamos o, por último, algo reflejamos afuera. Es cierto que no somos el único país que firma esos acuerdos, pero estamos dentro de los pocos que los cumple. Eso nos rinde y no ha sido producto de ningún gobierno ni de una coalición, es producto de un acuerdo a nivel nacional y de la imagen que proyectamos hacia fuera.
Eso fue lo que fuimos capaces de hacer entre los 90 y buena parte del principio de esta década. Sin embargo, creo que los tiempos han ido cambiando y la situación se ha ido crispando en términos políticos. Aquí un tema para la reflexión: hubo un proyecto de ley de depreciación acelerada. Era una buena política pública que implicaba en el fondo el incentivo para levantar inversión a través de una vía tributaria. Es cierto, los que más se iban a beneficiar de ese proyecto de ley eran las empresas más grandes, pero lo que hubo finalmente y lo que avala mis palabras, es que el proyecto fue aprobado en la Comisión de Hacienda de la Cámara de Diputados por unanimidad de todos los miembros. Fue informado el diputado Álvarez de la UDI que dijo que era un gran proyecto de ley, fue aprobado en la Cámara por todos los votos salvo el de mi amigo Roberto León. Pasó al Senado, fue aprobado en la Comisión de Hacienda por unanimidad, donde están José García Ruminot y Jovino Novoa. Y el proyecto fue rechazado en la sala del Senado y se perdió.
Lo que ocurrió ahí fue algo de política nacional contingente, fue el vértigo de algunos de “propinar una derrota”. Lo que quiero decir con este ejemplo, que ya es antiguo, es que una buena política pública se dejó por un objetivo superior, como se entendió en ese minuto, que era una victoria política.
Esto es legítimo, en democracia todo eso está permitido. La pregunta es qué está ocurriendo que una buena política pública por el hecho de obtener una victoria política llega a ese punto. Esto abre el camino no al pacto social sino tal vez a un populismo. Es complejo que un país que se trató de abrir al mundo, desde los 70 y 80, logró ordenar su economía, estructuralmente hablando; legitimó social y democráticamente esa estructura, a partir de los 90, se inserta más en el mundo, ponga en riesgo todo eso como consecuencia de una discusión política. No es razonable, no es legítimo, es aventurado pedirle a un gobierno y a 4 empresarios que sean “los guardianes de un modelo económico”, cuando producto de las vicisitudes de la política comienzan a tomar malas decisiones.
Así como hay personas que están dispuestas a dejar pasar una buena política pública en materia económica por fines políticos, hay otras que van a pedir otro tipo de medidas que no sean económicamente razonables y financiables por Chile pero que reeditúen políticamente. Eso es algo que ha ido crispando. Como consecuencia de la discusión política en el país se comienzan a socavar las instituciones. Ya no es sólo que la ficha de protección social no sirve, que la encuesta Casen no es cierta, que los Tribunales de Justicia están digitados políticamente… Ante ese tipo de aseveraciones un país tiene que tener muy sólidos los anclajes o se expone a situaciones más delicadas y más críticas con respecto a la conducción como experiencia conjunta.
El sentido del pacto social es que tengamos, porque soy parte del Gobierno, soy ministro de Estado y estoy en la política; la capacidad de ponernos de acuerdo en torno a 4 temas.
La Presidenta fue súper clara, dijo educación, está el acuerdo; seguridad ciudadana, ojalá que en estos días, la semana próxima, tengamos el acuerdo; probidad y transparencia, previsión social. Son 4 áreas en las que estamos fijando políticas que van a tener un impacto para 20 o 30 años más.
Los pactos sociales tienen una externalidad porque si la clase política logra ponerse de acuerdo se hace un favor a sí misma. El desprestigio que tiene la actividad política en Chile y los partidos es muy grande, es injusta porque desafío a cualquiera que mire a su alrededor fuera de las fronteras de Chile y se va a dar cuenta que lo que tenemos en Chile es un lujo, transversalmente hablando. Pero los chilenos ven lo que tenemos y no les gusta. Entonces, la clase política tiene la posibilidad de reivindicarse ante la sociedad cuando logra un acuerdo de esta naturaleza.
No conozco experiencias de países en desarrollo que hayan logrado dar el salto cualitativo de pasar de los 10 mil, 11 mil dólares per cápita a los 20 mil dólares per cápita y tener un mejor estándar de vida sin haber transcurrido por un fuerte proceso de cohesión social. La cohesión social no la hace ni un partido político, ni una coalición por más que esté 20 años en el gobierno, si no que la hace la sociedad en su conjunto. Aquí cada uno tenemos que sacar nuestras conclusiones y ver dónde están nuestras responsabilidades en estas materias. Los que queremos y creemos en este país vamos a seguir bregando por aquello. |